11.11.06

los apestados del siglo XXI

No existimos. O eso quieren hacernos sentir. Como los leprosos durante siglos, somos apartados, nombrados sólo como ejemplo de la maldición que cae sobre quienes no se comportan como es debido.

En esta sociedad hipócrita, donde lo que vale es la imagen y la fachada, los seropositivos somos apartados y señalados con el dedo. Como los homosexuales durante siglos, como las mujeres violadas o las madres solteras hasta hace bien pocos años, o como las mujeres maltratadas porque algo habrían hecho para merecer el maltrato.

Los medios de comunicación, una vez encontrados los tratamientos que controlan el Virus de la Inmunodeficiencia Humana y que impiden su desarrollo, dejan de prestar atención al avance de la epidemia, y los afectados desaparecemos.

Nunca existieron grupos de riesgo, el VIH se ha extendido como una mancha de aceite entre toda la población, relajadas las conductas de prevención por la existencia de medicación y por la persistencia de la idea (fomentada desde la moralidad más reaccionaria) de que ese virus sólo afecta a cierta porción de la sociedad.

Mientras tanto, las multinacionales farmacéuticas aumentan de año en año sus beneficios por los tratamientos sufragados por los sistemas de la seguridad social del primer mundo y condenan a todos aquellos que no pueden pagarlos, sea en África, América o Asia, donde se concentra el mayor número de personas afectadas.

Lo importante es el negocio, y el negocio está en la medicación de por vida, no en la investigación de una vacuna o en las campañas de información o prevención. La existencia de una vacuna daría al traste con las previsiones de beneficios de las grandes multinacionales, o como la liberación de las patentes de los antiretrovirales, que permitirían a los gobiernos del tercer mundo poder producir genéricos en masa para su población, con tasas de infección que llegan al 30% de la población en algunos casos.

En nuestro país, la medicación para un mes de un seropositivo ronda los 700€ en un tratamiento sencillo, sin contar el costo de las analíticas realizadas periódicamente para el control del virus o los costos asociados a los efectos secundarios de la medicación y/o los costos de los efectos psíquicos en los afectados. Multipliquemos por el número de infectados y veremos la fabulosa cantidad de millones que se embolsan las farmacéuticas sólo en España.

Y lo mas duro es ver como día tras día, en un goteo incesante, el número de infectados va en aumento a la vez que continuamos escuchando a la jerarquía eclesiástica, junto a los representantes más rancios del conservadurismo moral, gritar contra el uso del preservativo, la medida profiláctica más efectiva contra ese avance del virus, y apartando de la sociedad, en una nueva forma de apartheid, a los apestados del siglo XXI.